EL MITO DE UN DÍA HUMANO
- sevillejavi24
- 12 mar
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 13 mar
James Joyce versión era del deslumbramiento...
El teléfono vibra en la mesilla. Todavía no ha amanecido del todo.
Antes incluso de abrir bien los ojos, la mano busca la pantalla. Noticias, mensajes, imágenes. El mundo entra en la mente antes de que el cuerpo se levante.
Café. La ducha. Elegir ropa casi sin pensar. La casa aún está en silencio.
En la calle la ciudad comienza a moverse: persianas que suben, coches arrancando, alguien caminando rápido con auriculares.En el metro, en el autobús o en el coche ocurre algo curioso: muchas personas juntas, cada una dentro de su propio pensamiento.Pantallas iluminan rostros. Nadie mira demasiado a nadie.
Todo parece normal.
Entonces el día entra en su ritmo: correos, tareas, conversaciones rápidas, pequeñas expectativas invisibles.
Y en medio de esa rutina aparece algo pequeño.

Un comentario que incomoda. Una respuesta que no llega. Una sensación difícil de explicar.Algo dentro se mueve.
En las antiguas historias, ese momento era el inicio de la Odisea.
El héroe salía de casa sin saber que el viaje había comenzado.
Aquí ocurre algo parecido.
Solo que el héroe va en metro. Y lleva auriculares.
No hay mares ni tormentas. Pero sí aparece un obstáculo interior: una duda, una herida antigua, la sensación de no encajar del todo.
· · ·
El día sigue avanzando.Más reuniones. Más pantallas. Más ruido.
Pero esa pequeña incomodidad sigue ahí.Como una piedra en el zapato.
En los mitos, ese era el momento del encuentro con el dragón. El instante donde el héroe debía mirar algo que preferiría evitar.
En la vida cotidiana el dragón casi nunca tiene forma.Puede ser un recuerdo. Un rechazo. Una pregunta silenciosa:
¿Estoy viviendo como realmente quiero?

La tarde llega.La luz cambia de color en las calles. Los bares empiezan a llenarse, los niños salen del colegio, alguien ríe en una terraza.
Caminas.
Y ocurre algo muy pequeño.
Te detienes un segundo más de lo normal. Observas una sombra en una pared. Escuchas una frase que alguien dice al pasar.
De repente hay silencio.Un pequeño espacio dentro del día.
Quizá escribes una idea. Quizá tomas una foto. Quizas simplemente miras con más atención.
Ese gesto es casi invisible.Pero ahí comienza algo.
En las historias antiguas, ese momento era la alquimia del viaje: cuando el héroe transformaba lo vivido en conocimiento.
El arte nace exactamente en ese lugar.
No para impresionar al mundo.
Sino para mirar con honestidad lo que el día ha dejado dentro.
De pronto algo se comprende:
que el teléfono de la mañana, la incomodidad del mediodía, la pausa de la tarde…no eran momentos separados.
Eran partes de una misma historia.Una pequeña odisea interior.
· · ·
La noche llega.La casa vuelve al silencio.
El teléfono se ilumina otra vez en la oscuridad.
Pero ahora hay un momento distinto.
Antes de mirarlo, aparece una pausa.Una pregunta.
¿Ha sido realmente un día cualquiera?
Porque tal vez lo que parecía rutina era en realidad un viaje invisible.Un viaje que nadie ve, pero que cada persona atraviesa a su manera.
Y nadie sabe que está siendo el protagonista hasta que aprende a leer sus propios días como si fueran literatura.
Y entonces surge otra pregunta más profunda, casi en silencio:
mañana, cuando vuelva a sonar el despertador…
¿será simplemente otro día?¿O será otra Odisea?
¿Y seré yo la misma persona que hoy?
Homero no escribía sobre héroes.Escribía sobre personas que no sabían todavía que lo eran.



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