top of page

LOS SILENCIOS QUE ALEJAN

Hay algo que se nos está escapando… y no hace ruido.

No es una gran pérdida dramática. No es algo que un día notes claramente y digas: “aquí cambió todo”. Es más bien una suma de pequeños desajustes cotidianos.

Como cuando comes mirando el móvil y, al terminar, no recuerdas ni el sabor.

O cuando quedas con alguien y, en algún momento, ambos miráis la pantalla a la vez… como si hubiese algo más importante ocurriendo en otro lugar.

O cuando terminas el día cansado, pero no sabes muy bien de qué.

Nos estamos perdiendo la experiencia de estar dentro de nuestra propia vida.

Hace poco, en una terraza cualquiera, vi una escena muy simple: una familia comiendo. Dos niños pequeños, cada uno con una tablet. Los padres, en silencio, mirando el móvil. Nadie hablaba. Nadie discutía. Nadie se aburría.

Todo funcionaba.

Y, sin embargo, había algo profundamente ausente.

No era una tragedia. Era algo más difícil de detectar: la falta de fricción, de incomodidad, de presencia. Ese espacio donde antes pasaban cosas —una pregunta, una risa tonta, una pelea absurda— ahora estaba ocupado por estímulos constantes.

Cuando eliminamos el vacío, eliminamos también la posibilidad de que aparezca algo propio.

Pero imaginemos, sin cambiar de lugar ni de familia, que algo se desplaza ligeramente.

Que uno de los padres levanta la mirada y recuerda —quizá sin saber muy bien por qué— una historia de la mitología griega: Narciso, el joven que se queda atrapado mirando su propio reflejo hasta olvidarse del mundo.

Lo cuenta en voz alta, casi como una ocurrencia.

Y de repente, sin moralina, sin reproche, hay una imagen compartida en la mesa.

No es una orden de “dejad el móvil”.

Es otra cosa.

Es un espejo simbólico.

O imaginemos que, en lugar de eso, alguien menciona algo de la historia: cómo hace no tanto, las comidas eran uno de los pocos momentos del día donde todo se detenía. Donde la conversación no era un extra, sino el centro.

No como nostalgia.

Sino como contraste.

Como posibilidad.

O que uno de los niños dibuja algo en una servilleta, casi por aburrimiento, y ese gesto —mínimo, espontáneo— introduce el arte en la escena. Ya no hay solo consumo. Hay creación.

Algo empieza a circular.

También podría aparecer la música. No como fondo, sino como detonante. Una canción que alguien decide poner y que, por alguna razón, conecta con todos. Y durante unos segundos, nadie mira la pantalla.

Porque algo está pasando ahí.

No espectacular.

Pero sí compartido.

Las disciplinas no entran como soluciones.Entran como grietas.

Pequeñas aperturas donde la experiencia vuelve a tener lugar.

Lo mismo ocurre en otro escenario cada vez más habitual.

Una parada de autobús. Varios jóvenes esperando. Todos mirando el móvil. Nadie habla.

No hay conflicto.

Pero tampoco hay encuentro.

Es como si cada uno estuviese en un lugar distinto, aunque compartan el mismo espacio físico.

Y, sin embargo, basta un pequeño desplazamiento para que algo cambie.

La literatura, por ejemplo, podría aparecer en forma de una frase leída en algún momento: esa idea de que “nos estamos convirtiendo en espectadores de nuestra propia vida”. No hace falta decirla en voz alta. A veces basta con que alguien la piense… y levante la mirada.

Y observe.

La filosofía podría entrar como una incomodidad: ¿por qué este silencio no es descanso sino evasión?, ¿por qué necesito llenar cada segundo?

No para responder.

Sino para sostener la pregunta.

Incluso la mitología podría resonar aquí también. No solo Narciso, sino las sirenas que atraían con su canto hasta hacer olvidar el rumbo. Cambia el formato, pero no la estructura: algo que seduce, que absorbe, que desconecta de lo real.

Y entonces, sin que nada externo obligue, alguien guarda el móvil unos segundos antes.

Mira alrededor.

Y quizá no pase nada.

O quizá cruce una mirada.

O una frase mínima.

Pero algo se ha desplazado.

Porque cuestionar no siempre es rechazar.A veces es simplemente ver con más claridad.

Estas disciplinas —historia, literatura, arte, música, mitología, filosofía— no están separadas de la vida.

Son formas de volver a ella.

No nos dicen qué hacer.

Nos permiten ver lo que está pasando desde otro lugar.

Y en ese cambio de mirada, algo se afloja.

Algo deja de ser automático y podemos empezar a aprender a vivir.

Las adicciones invisibles nos están moldeando sin darnos cuenta....es necesario parar y preguntarnos de forma individual.....¿ estoy viviendo ó sobreviviendo?

EL ARTE DE APRENDER A VIVIR.

La asignatura del siglo XXI

Te dejo un video que .......quizás abra mas nuestras mentes


 
 
 

Comentarios


bottom of page